Lunes, 23 Septiembre 2019 15:10

"El sevillano se define por las dualidades universales que se encarnan en la ciudad" Destacado

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El escritor sevillano Francisco Robles disertó en el Rotary Club sobre la idosincrasia del sevillano que forja su carácter más allá del individuo y del tiempo concreto que le toca vivir


En el marco de los almuerzos que organiza el Rotary Club Sevilla Corporate en el hotel Alfonso XIII, el personaje invitado de este lunes 23 de septiembre ha sido el escritor y periodista Francisco Robles, que en su intervención disertó sobre "La idiosincrasia del sevillano". Tras la presentación por el presidente de la entidad, el abogado penalista y doctor en Derecho Luis Romero, y ante un destacado aforo, Robles explicó que, si hay algo que define al sevillano, es precisamente esa característica común a la dualidad. "Más allá de los tópicos duales que ha ido forjando Sevilla a lo largo de su historia -Triana y la Macarena, Joselito y Belmonte, el Sevilla y el Betis-, la ciudad se caracteriza en su foro interno por las grandes dualidades inherentes al ser humano. Dualidades universales centradas y ancladas en lo local", dijo.

Robles explicó que, debajo de la apariencia brillante, alegre y jocosa de la ciudad que ríe y se exhibe en sus fiestas, Sevilla es un lugar propicio para la soledad y la tristeza, para los patios donde sus poetas más hondos han buscado la esencia de la Sevilla más íntima. "Si queremos observar un terreno donde esas dualidades se hacen presentes -añadió-, solo hay que fijarse en la Semana Santa y escarbar más allá de las apariencias. Ahí están los miedos y las angustias que esclavizan al ser humano desde que pisa el planeta, tanto en su historia como especie, como en su existencia individual. La Semana Santa es la vivencia interior y profunda de la magnitud que mejor define a la ciudad: el paso del tiempo". Robles hizo hincapié en esta dimensión temporal de Sevilla, ciudad que no puede comprenderse si no vivimos sus tiempos sucesivos, plasmados en esos ritos que se elevan sobre la costumbre. El sevillano lucha contra la muerte, su gran obsesión barroca, reviviendo cada año ese ritual que lo devuelve, como escribió Cernuda, a la Arcadia sin tiempo de la infancia.

Para compensar esta hondura metafísica que el sevillano vive a menudo sin darse cuenta de su complejidad, la ciudad se entrega a la alegría de su Feria, de sus bares y tabernas, del epicureísmo que la lleva a disfrutar de la vida hasta el límite. Ya lo escribió Chaves Nogales, un escritor fundamental para entender a Sevilla según indicó Robles: "en esta ciudad, la muerte siempre es una forma de asesinato. Vital hasta el extremo, el sevillano no soporta la idea de la separación del mundo, de su ciudad, de los lugares donde fue feliz. Esa mezcla es la Semana Santa, una fiesta que trasciende lo litúrgico y lo costumbrista, y que nos lleva a esa gran dualidad que formuló Romero Murube: Dios en la ciudad. Lo más universal encarnado en lo local. Dios y el hombre. El universo y la ciudad. ¿Caben dualidades más hondas y extremas?", se preguntó Robles.

Para rematar su exposición, el escritor se adentró en el carácter del sevillano, en esas estructuras sentimentales que sobreviven a los individuos y la historia. Tras advertir que ese campo estaba sembrado de minas en forma de tópicos y contradicciones, Robles se atrevió a describir al sevillano como un ser que aún no ha superado -y que posiblemente no lo hará nunca mientras exista la ciudad- ese carácter barroco que lo lleva a lo sensual y a lo pasional, a la tensión y a la paradoja, a la dualidad de los contraluces y a la angustia provocada por la muerte que solo puede salvar la esperanza. Ahí, en la Esperanza, tal vez esté la salvación para el sevillano que no soporta la destrucción de su pequeño paraíso y lo lamenta continuamente. En su última reflexión, Robles confesó que esa Esperanza no tiene explicación. Como Sevilla.

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